lunes, 15 de diciembre de 2008

Descuida, no fue nada. Sólo me sentí como el tonto más grande el mundo.

sábado, 25 de octubre de 2008

Hojas sueltas 1.

Cuando te miré, no pensé eso de ti. Era raro, era distinto. Qué sé yo, pensé que era a la antigua.
Hoy por hoy, gracias a mi maldita/bendita curiosidad todo ese pensamiento quedó atrás.

Y es que no se puede ser ciego por siempre.

Creo que esta es de las únicas maneras en que me gustaría ser otro: uno más alto, más encachao, quizás más vivo. Novedoso, algo así.
Es tonto, lo sé, mucho. Demasiado para provenir de mí.

Será, esto es otra muestra de la condena a perder, siempre perder. Siempre caer, siempre estar alejado de. Es lógico, básico, natural, pero soy yo el ilógico, inadaptado, bizarro que jamás lo logrará entender y pensará que a la gente le importa más lo efímero y pasajero que lo que queda, lo que es atesorable, o quizás, real.

Nerd.

14, noviembre, 2008. Estación de metro El Salto.

martes, 7 de octubre de 2008

Fade Away.

Y es frágil, y es difícil. Es complejo y se suma a todo.
Es fuerte, es impactante y yo no sé que hacer.
Cada día más inútil, más entumecido.
¿Qué hago?
Si todo lo que existía se desvaneció.

Quizás sólo tengas que recordar lo que debas recordar. Nada más.

domingo, 31 de agosto de 2008

Adiós.

Suspiraban lo mismo los dos
Y hoy son parte de una lluvia lejos
No te confundas no sirve el rencor
Son espasmos después del adiós...









-Hola hueón, tanto tiempo.
-La dura, ¿cuanto ya? ¿Seis años?
-La cagó. Como pasa el tiempo. Quien dijo que la vida era larga se mandó la media mentira.
-Demás. ¿Querí un café? Yo pago.
-Un expresso, demás.
-Y cuéntame, ¿como ha estado todo? Que tal la pega po.
-Puta, bien. Como te dije, hace poco volví de New York. Mi señora está allá. 8 meses, hueón. Estoy entero nervioso, primera guagua, fuerte.
-Demás, aún no me toca.
-Y no sé, el resto, me ha llegado cualquier billete. No me quejo. Realmente no me quejo.
-Oye, hueón, y que es de tu hermano, el Andrés. ¿Aún lo buscas?
-El Andrés...
-¿Metí la pata?
-No, tranquilo, nada que ver. El Andrés... 8 años ya, hueón. 8 años.
-Caleta.
-Y desde que me fui buscándolo. 6 años de aprovechar que mi pega me hace viajar y tratar de encontrarlo. Y nada, su rastro no está. No existe. Se esfumó.
-Cuático. La dura, nunca supe porque se fué. Nunca entendí su historia. Ya sabí tú, casi nunca hablaba de sí mismo.
-Sólo hablaba con la Martina, no confiaba en nadie más. Aparte, fue con la última persona que habló antes de tomar ese vuelo directo a Italia, donde debe haber durado menos de una semana.
-Llegaron los cafés.
-Vale. Puta, no sé. No ha llamado, no nos busca, ni una carta hueón, nada.
-Pero y que onda, sácame de la duda, por qué se fué.
-Puta, a ver, deja recordar. Ya ha pasado su tiempo.
A ver, la historia, según las partes que yo sé –lo poco y nada que me contó y cuando encontré un diario con el vuelo marcado a Italia y fui a tratar de buscarlo en el aeropuerto-, y de lo poco que soltó la Martina, va más menos así...

El Andrés siempre fué un tipo que fingía ser más de lo que realmente era. Quien lo conocía podía llegar a pensar que el compadre era un tipo canchero. Que las tenía todas. Que no era el mejor en todo, pero que se defendía en la vida mejor que muchos. Al menos, que el futuro se lo tenía asegurado.
El problema del Andrés, era que no confiaba ni en su propia sombra. Tampoco se tenía confianza a sí mismo. Pero mentía como endemoniado. Podía venderte la pomada así de fácil. Y con eso desviaba la vista de todos de quien realmente era: una persona pesimista, retraída, low perfil.
Hasta que apareció la Martina. Ésa que conoció por la universidad y esos trabajos sociales.
Algo pasó. Engancharon rápido como amigos. Nunca pasaron a algo más, pero era cosa de verlos y te dabai cuenta de que eran como dos gotas de agua.
Misma táctica. Casi los mismos sentimientos.
Deben haber pasado unos dos años para que el Andrés únicamente confiara en la Martina. A pesar de que nos llevábamos bien, estoy seguro y te lo doy por firmado, jamás supe tanto como ella de el. Y, probablemente, viceversa. Pero, a pesar de eso, el Andrés venía con un rollo acumulado, con una película que jamás pudo dejar de rodar en su cabeza. Y se estaba allanando, se estaba alejando. Se estaba cerrando aún más de lo que era habitual.
Se estaba aislando.
Tiene que haber sido por el ’99… No, miento, el ’98 cuando cursaba ya el cuarto año de Arquitectura. Le iba bien, y a esa altura, tenía un departamento solo en Viña. Becas y todo eso. Recuerdo que varias veces lo fui a ver, y que jamás instalo ni la cama, ni los muebles que les mandaron nuestros padres.
Su casa se reducía al colchón tirado en el suelo, la cocinilla, una televisión a color, una lámpara de mesa que nunca tuvo ampolleta, un mini-componente Sony y un par de libros y Vhs pirateados. La Martina solía ir a verlo, e incluso quedarse a dormir en el departamento con el. Acomodaban el colchón frente al ventanal que daba con un feroz panorama al mar y al cielo estrellado sin smog. Y así se quedaban: toda la noche viendo el cielo hasta quedarse dormidos. Sin hablar, con un silencio sin forzar, como si no tuvieran nada que decirse, porque estaban los dos ahí y era como perfecto, todo funcionaba.
En una onda tan loca y poco común, donde las palabras sobraban.
Por eso días la Martina terminó su carrera. Y le habían ofrecido trabajar en Santiago, su ciudad natal y donde realmente vivía. Y se lo comentó al Andrés.
Se quebró. Se dislocó. Se puso mal. Y la Martina también. Pero en el fondo, era la mejor oportunidad que se le podía ofrecer a una mina que recién sale de la universidad. No podía dejar pasar eso. Y se fue. Partió a Santiago.
Antes de irse, durmió donde el Andrés e hicieron lo mismo que hacían siempre.
Se llamaron por teléfono durante meses. En realidad era el Andrés quien llamaba, la Martina aunque realmente lo quería, pocas veces tuvo la iniciativa de partir algo que parece mínimo, pero que igual es importante. Como una llamada telefónica, como una carta, como decir un simple “te quiero”. Y es que la Martina pareciese que tenia mas miedo que el. Quizás miedo a que pasara algo más, o a confundir las cosas. Quien sabe.
No se la razón, pero de un día para otro la comunicación que mantenían desapareció.
Y fue ahí cuando el Andrés se fue a pique.
Supongo que se sintió más solo de lo que pensaba. Que ya no tenía su soporte, ¿me entendí? Onda, la Martina era su cable a tierra. Y por lo que ella me dijo después, el era el único que siempre estaba a pesar de lo que ocurriera.
Mal hueón, súper mal.
Esos dos no funcionaban separados. Yo siempre pensé terminarían juntos o algo así.
Pero a veces el instinto es más fuerte que los sentimientos. Y la vida es mucho más cruel de lo que uno piensa.
Me embolé, retomo:
El Andrés quedó mal. Demasiado mal. Se metió en una depresión pero enorme, hueón. A veces ni comía por quedarse mirando el mar, escuchando música en el equipo de segunda mano que tenía. Discos y discos que sonaban fuerte. Entrabas a su pieza y era como ver una película en blanco y negro, con el Andrés en boxers frente a la ventana y las sabanas secándose colgando del balcón.
No sé de que, pero el Andrés siempre se quiso virar, huir. Escapar.
Sí, está bien, se llevaba mal con mis viejos. Pero no era para tanto. Creo.
Igual desde chico siempre fue así de retraído, de callado. De mentiroso, de farrero. Como que tomaba una doble personalidad, ¿me entendí?
Pero la única que realmente lo conocía de verdad, era la Martina. Y sin nadie a quien poder hablar con la verdad, en un momento, que, supongo, era uno de los peores en su vida –te digo que nunca sabré porque-, volvió a retomar la idea de escapar.
Y, al parecer, su dolor era tan grande que tenia que ser lo más lejos posible.

Dejó botada la carrera. Y tomó el resto del dinero que correspondía a los pagos mensuales y sacó una visa. Fue todo muy rápido. Creo que buscó el primer vuelo que encontró. El primer vuelo más lejano. Sin importar cuanto costó, que igual fue más menos harto.

-¿Querí otro?
-Sí, dale, con el frío que está haciendo no te rechazo nada.
-Ya, dale, sigue contando.

Bueno, la cosa es que llamó a la Martina, para decirle que se iba del país. Creo que ya se lo había comentado hace tiempo. Pero cuando la llamó ella no contestó. No sé si no habrá estado en la casa, o si en una de esas, no quiso contestar.
Le dejó un mensaje en la contestadora. Cassette que hasta el día de hoy, aún debe tener. Porque la última vez que hablé con ella, aún lo llevaba con ella en su bolso. Curiosamente a mi también me llamó. Y para su mala suerte –porque debe ser fome partir así, tan lejos y que absolutamente nadie lo sepa-, yo no estaba. A mi tan sólo me dejó un “adiós” de mensaje. Nada más.
Ése día, apenas oí el mensaje, partí raja para Viña. Me demoré como una hora y algo. Iba como a 120 por la carretera. Yo pensaba incluso que ese “adiós” podía ser algo medio suicida. Me asusté, caleta. Urgido, en serio.
Cuando llegué a su casa estaba igual a como siempre la tuvo. La única diferencia, era el diario que te dije, ése donde estaba marcado el primer vuelo que salía a Italia. Aeropuerto de Santiago, hueón. Salí raja de vuelta para acá.
Me sentí como las huevas.
Mal.

Paralelamente (y esto ya lo sé por la Martina misma), ella oyó varias veces el mensaje. Que, obviamente, era distinto al mío. Finalmente se decidió a ir a buscarlo al aeropuerto. Después de al menos dos horas de escuchar el mensaje y nada más.

Cuando llegué a Santiago, se puso a lloviznar. Recuerdo que aceleré lo más rápido posible. El Andrés se iba tipo nueve. Y yo entre ir a Viña y volver ya me había dado como las ocho y cuarto.
Estacioné donde pude y fui directo a la entrada. Y fue ahí donde los vi.
Te juro, hueón, no quise interrumpir. No quise pasar. Me quedé observándolos detrás de un pilar.
Los dos estaban afuera, en la lluvia. En la llovizna, en realidad. El Andrés llevaba un par de maletas, un abrigo largo y un gorro catalán que era de mi abuelo. La Martina estaba vestida con su traje de trabajo, y un bolso de lana que no le iba.
Ambos sin paraguas.
Estaban los dos en la entrada, mirándose y hablando en voz baja. Así, medio cortado, como que podías notar cierta incomodidad. Raro, súper raro.
Pasaron unos minutos y el silencio se apoderó de la escena. La Martina sólo lo miraba. Sabía que había tanto que decir, y que realmente pacerían estar perdidos en ése momento.
El aeropuerto se comenzaba a llenar de gente, mientras ellos dos, perdidos en el espacio, aislados de todos, sólo estaban callados uno frente al otro.
Mudos, no sé si contentos. Realmente lo dudo. No era el mismo silencio al que estaban acostumbrados.
-¿No tienes nada más que decirme? -se oyó decir el Andrés, mientras trataba de esconder sus ojos que se mojaban bajo ese gorro catalán.
-Las palabras no vienen así de fácil como quisieras. Como yo quisiera...
El Andrés no soportó más y por fin la abrazó, y pareciese como si Martina al fin hubiera accedido a romperse y se largo a llorar.
Jamás había la había visto llorar. Creo que el Andrés tampoco.
"Te voy a extrañar" fué lo último que dijo, mientras abrazados en la lluvia extendían su despedida. Mientras todo se mojaba, mientras el bolso de lana de Martina se desteñía sobre las maletas de Andrés.
Fue cuático. Se quedaron así, abrazados bajo la lluvia (no sé si escuchaba palabras, o llantos o no sé) por largo rato. Era como si fuera la última vez que se iban a ver.
Lo que probablemente hasta el día de hoy es verdad.

"Sabes que el tiempo pasará... y que nada será igual aquí cuando vuelvas" Le dijo la Martina, así, muy de repente.
-Lo sé. –Dijo el Andrés, después de unos segundos de silencio.- Pero tú sabes que yo no quiero volver.
A mi me dio pena. Sonara maraco, pero lloré también. Un poco, pero igual.
Sonó un parlante que anunciaba el vuelo del Andrés, y, aunque le costó, soltó de sus brazos a la Martina y recogió sus maletas.
Le dio un beso en la mejilla y le preguntó algo. Yo pensé que la estaba invitando a irse con él, o algo así. No lo sé, supongo no más.
La Martina, respondió con la cabeza que no.
El la miró por última vez, por unos segundos que se extendían y luego miró hacia donde estaba yo. Y me vio.
Yo no quise acercarme. Hubiera sido demasiado cruel. Para los dos. Para los tres.
Le hice un adiós con la mano y el sólo me guiñó el ojo. Y cuando lo hizo, se rodó la última lágrima que le quedaba por su mejilla. Luego, se adentró y se esfumó en el mar de personas atrasadas que corrían por los pasillos.
Y no lo volví a ver.

Esperé un par de minutos. Y luego me acerqué a donde estaba la Martina que seguía inamovible en el mismo lugar donde se despidió de mi hermano. Me quedé a su lado y ambos quedamos mirando hacia la entrada del aeropuerto. Por un par de horas, quizás.
Pero la Martina ya no lloraba. Había adquirido ya el mismo semblante que tenían los dos: una cara medio perdida. Con ojeras oscuras, con ojos cristalinos y una boca sin emociones.
Hablamos un rato. Y fue donde me contó parte de lo que te estoy contando yo ahora. Me ofrecí a llevarla a su casa, pero no quiso. Me dijo si podía dejarla sola, como favor. No pude negarme. Me despedí de ella y, mirando por última vez hacia atrás, hacia el aeropuerto, hacia su cielo con pocas gotas cayendo, hacia los aviones que salían en todas direcciones; me pregunté si alguna vez volvería a verlo.
Entré al auto y salí a mi casa lleno de angustia.
Ésa noche, poco y nada pude dormir. Haciéndome la misma pregunta. Ésa, que hasta el día de hoy me sigo haciendo.
Y es que igual, para huir así hay que ser muy cobarde. Pero, irónicamente, para decir adiós hay que ser muy, muy fuerte.
-¿Y la Martina?
-La última imagen que tengo de ella es la de frente al aeropuerto parada mirando al cielo. Tampoco la volví a ver. Las malas lenguas dicen que ya no está en el país. Supongo, si es verdad, lo habrá ido a buscar.
O quizás aún vive acá. Santiago es muy grande y uno puede perderle el rastro a cualquiera.
-Cuático.
-No sé. El tema me produce entre pena y algo que no sabría explicar.
Supongo que mientras mi pega me permita viajar, seguiré pensando que algún día me toparé con él. Y que lo invitaré a algún bar y que probablemente rechazará la invitación. Y, en una de esas, quizás está con la Martina. No sé.
Realmente no tengo idea.
-…

Mira la hora que es, hueón. Ya me tengo que ir, tengo una reunión más rato.
-Chuta, disculpa por hacerte pasar el rato así.
-No, tranquilo. No pasa nada. Ya hueón, me viro. Mándale saludos a tu señora.
-En tu nombre. Acuérdate del asado de curso el sábado pos perro.
-Obvio, ahí me ven, antes que me vaya de nuevo.
-Entonces perrito, se me cuida. Chao.
-Adiós.









Separarse de la especie
Por algo superior
No es soberbia es amor…
No es soberbia es amor

Poder decir adiós…



Es crecer.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Crujen.

En el fondo, cuando uno comienza a recuperar recuerdos, es como el otoño: los recuerdos caen, como hojas y cuando topan el suelo quedan frágiles y son fáciles de pisar.

Pero por más que uno pisa las hojas, los fragmentos quedan.

Y permanecen.


Gabriela miraba hacia el horizonte, que se escondía tras edificios, en medio de un parque teñido de cafés y naranjos. Las hojas crujían cuando Gabriela daba pasos para esconderse del sol que se ponían detrás de un anuncio de gafas para miopes.

Las hojas crujían y mientras sostenía un cigarro pensó que quería llorar. Pero no pasó nada.


Las calles de Santiago pueden ser tan alegres como deprimentes. Cuando el sol se pone y son las micros las llenas y no las calles, los callejones y callejuelas de la ciudad son el lugar idóneo para tratar de encontrar las cosas que uno perdió.

Si es que uno recuerda qué es lo que perdió.


Gabriela no sentía el cuerpo. Sólo se miraba en los aparadores y se toqueteaba la cara para recordar que estaba allí. A pesar de los años, su cara seguía idéntica. No había arrugas, nada había cambiado.

Lo único que sí había cambiado era la soledad.

Antes se sentía. Hoy era real.


Releyó el papel delicado con la fecha y con algunas palabras. Y la foto. Pero a pesar de todo aún nada salía. Todo estaba adentro y ella sabía que lo olvidaría. Que ella misma se obligaría a olvidar.

¿Cuántos años pasaron de llorar en silencio? En silencio y soledad. Y hoy, sola en ese parque, en esas callejuelas perdidas, casi alejada de todo contacto humano a excepción de las luces de casas y edificios a la distancia, no podía.

¿Quería?


A pesar de que por años lo evitó, encendió otro cigarro más. Nunca supo cuando todo se perdió. Cuando comenzó a cambiar, no era una decisión, sólo había pasado.

Y hoy, hoy era peor que ayer.

A veces tener carrera, tener un experimento llamado vida, y poder reír en el día no bastaba. El vacío que venía acarreando durante años jamás pudo curar. Hoy el agujero que llevaba por dentro se hacía notar en sus ojeras y en sus dedos amarillentos y vendados.


Si algo la acompañó durante los años, era la noche. Las estrellas, sus pensamientos deplorables y el vacío. El tiempo siempre le quitaba las pequeñas posibilidades que tenía de poder escapar de la realidad. Hacerse un espacio para ella más del que tenía para lamentarse y ver el día pasar como película fome.

Y repetirse, una y otra vez.


El funeral había sido largo. No debía estar ahí. Fue más que nada por acto de presencia. Ella sabía que el cuerpo que estaba dentro de ese cajón era sólo un cuerpo muerto. Ya no era él. No había porqué estar ahí. Ni siquiera se acercó al féretro, tampoco fue al entierro. De eso ya más de unas seis horas.

Seis horas de silencio y de recuerdos y de ganas de querer virar.


Debería llover. Sería más estético, más acorde a la situación. Pero las cosas jamás pasan como uno quiere.

¿Dónde quedó todo?


Recordó casi esbozando una risa todos los momentos que rió junto a él. No había sido tan malo como pudo pensar. A veces reía sinceramente. A veces demasiado. ¿Podría haber sido todo real? Ya no importaba, ya todo se había esfumado.

Pero aún así, los recuerdos, los chistes que aún estaban grabados a pesar de la mala memoria, las noches conversando sobre el hoy, porque el mañana era tabú; aún estaban. Algo resquebrajados en el suelo, pero estaban, y se veían, y olían. Se podía tocar.


Una vez estuvo aquí, conversando con él. Tratando de abrirse, pero siempre en la misma situación de ocultar todo. No recuerda si alguna vez se arrepintió de no lograrlo. Así era, era lo normal. A pesar de haber intentado cambiar varias veces, siempre terminó en el mismo resultado. Pero ya no era malo, ya no era un cacho, era como era y como supuestamente tenía que ser. Pero nunca debió ser así.

Se sentó en una banca y luego de ver los columpios, inmediatamente se paró y tocó las cadenas frías y no pudo resistir mecerse, haciendo rechinar el metal, quebrando el extraño e inexplicable silencio que se había formado.

Aquí estuvo una vez, conversando, tratando de abrirse. Probando suerte de nuevo. Trató de imaginar si alguna vez se sintió bien en estas andanzas. Hoy que le dio pena, en realidad, cuando se enteró y le dio pena, supo que sí, que se había sentido bien.

Eso era lo que lo empeoraba todo, lo que lo distorsionaba todo.


Nunca nada fue serio. Eso lo puede jurar. Los errores nunca fueron de verdad, sólo fueron cuestiones del momento, de tratar de evitar, de borrarse y negarlo todo. Las ilusiones, las entregas a medias, todo eso no había existido. Fue necesario errar para darse cuenta de ello, pero al menos, hoy, habían servido.

Hoy ya no cometía esos errores. Y eso, lo había aprendido de él, aunque quizás él nunca lo dijo con palabras.

Él le había enseñado a dejar de errar.

Pero aún así fallaba.


Y pensar que tanto lo alejó. Que el miedo la hizo poner más barreras de lo habitual.

Por temor a decepcionar, por lata a que las capas que la protegían cayeran de a poco.

Y ahora no estaba, ahora ya no podía molestar más. Pero no molestó. A pesar de los años y años de separación, esos, que más la memoria, habían tapado el pasado, hoy lo podía recordar todo. Hoy que había partido para no volver.

Hoy todo estaba más claro que nunca.

Las muertes tienen esa característica, ese efecto.

Esa… ¿gracia?


Mecerse, con el viento. Igual las cosas estaban mejor que antes. Quizás esto era sólo un lapso más. Otro de los comunes. O tal vez no. Sólo una perdida.

Otra más. Aún así, quizás hoy todo estaba mejor. Quizás mañana este vacío en el pecho que sentía, o los recuerdos de él y todo lo que esto conlleva, desaparecerían. Y la vida seguiría su curso normal.


Unos pasos acercándose interrumpieron el silencio. Gabriela se volteó y miró esa cara que conocía tan bien.


-Te busqué, toda la tarde. Cuando no te ví en el entierro, acabada la ceremonia, partí a buscarte. -Era Fernanda, prima de él. Y quien había sido su confidente, amiga y soporte años atrás.

-Sí, lo siento. Me daba lata, supongo que recuerdas como era.

-Demás. Emm…, en todo caso, da lo mismo. Quería conversar un rato. Quizás tenías ganas de llorar o qué sé yo. Quería sostenerte, como antes, como cuando no salíamos si la otra no iba.


Gabriela rió un poco mientras los recuerdos de sus carretes y tonteras se mezclaban con los del momento y las situaciones y el futuro incierto.


-Tranquila, estoy bien.

-Sí, supongo. También quería darte esto. No sé, no tengo idea porqué. Pero hoy cuando limpiábamos la pieza encontré esto. Me llamó la atención, pero no la abrí.


Fernanda sacó una carta amarillenta y algo manchada. Decía el nombre de Gabriela y tenía fecha de hace un par de días. Dos, antes de su cumpleaños.


-¿Y eso?

-No sé, por eso te digo. Pensé que debía pasártela. Total, es para ti.


Gabriela tomó el sobre y dudó antes de abrirlo. Tomó aire, él siempre decía cosas raras.

¿Y una carta? ¿Después de tantos años?

Con sus dedos amarillentos extrajo el papel de impresora y empezó a desdoblarlo. Las letras eran a mano, con tinta azul, de lápiz Bic. Era sólo una hoja, por una plana.

Comenzó a leerla.

¿Cómo? Gabriela releía las últimas líneas de la carta una y otra vez para tratar de asimilarlas. De primeras se asustó. Pero después de unas diez veces de releer comenzó a llorar. Sin vergüenza, casi sin sonido, sólo berridos que luego terminaron como un llanto completo. Fernanda la miraba y se acercó para abrazarla, pensando que Gabriela la iba a rechazar, pero para su sorpresa, la abrazó, fuerte, sosteniendo la carta en su mano casi tan fuerte para arrugarla. La abrazaba y lloraba.

Por fin, después de meses, de días, de tantos motivos y todo, después de hoy, podía llorar, libre y descartando la soledad.


-¿Qué pasa? ¿Qué dice? ¿Estás bien?

-Sí, Fer, estoy bien. Mejor que nunca. Hoy, a pesar de todo, me siento bien.

Aunque ya no está, aunque los años pasaron, aunque todo se fue a la mierda, aunque a mí nunca me importó nada, aún así y a pesar de todo, el muy tonto sigue diciéndome estupideces. Aun trata de hacerme reír.

Y parece que aún estuviera aquí…

-No entiendo…

-Yo tampoco. Sólo basta saber que hoy podré avanzar de nuevo. Tonto…


Las hojas crujían, mientras el llanto de Gabriela se iba apagando de a poco.

Las hojas crujían y hoy quizás sólo había sido un lapso. Nada importante, algo que suele pasar.

Pero, a pesar de todo y por alguna razón, el pecho de Gabriela ya no estaba tan vacío cómo antes.


-Quiere llover.

-No, ya no lloverá.

miércoles, 30 de julio de 2008

Away.

Antes yo no era así. Antes yo era más fuerte. Al menos, lo pretendía ser. Pretendía ser como todos: locos, sin importar nada, vivir como inconsciente.
No funcionó por mucho tiempo.

Hoy, a pesar de más escondido, vuelvo a ser como realmente soy. Y cuando sale a flote, cuando se nota... siempre salgo para atrás. Siempre fallo, siempre pierdo.
Odio esto. Odio ligarme a la gente.

Hoy de nuevo es cuando surge la necesidad de ver cuando es que huiré, cuando es que todo esto terminará y todos en mi vida serán pasajeros y nadie importará.
El terror, el miedo aparece cuando pienso que quizás eso está tan cerca.

Tan cerca...

domingo, 3 de febrero de 2008

Out.

Esperar, al lado de tu cama para ver si al despertar, aún es que lloras por mí
Soñar que has sido hecha únicamente para mí
Despertar en mi cama me recuerda que todo lo pensé estando borracho

Presionar sobre mis ojos para borrar los rastros de tu cuerpo en mi mirada
Y rebobinar mis recuerdos para hacer rec sobre ellos
Porque después de todo aún siento miedo de mí mismo